Si el chef Ian Dowding, creador de esta maravillosa tarta, tuviera acceso a esta versión de su creación, se echaría las manos a la cabeza. Y es que al pobre señor ya le parece una atrocidad que se use galletas como base, en vez de bizcocho, así que no me quiero ni imaginar qué le parecerá que no sólo use una base de galletas sino que cambie el dulce de leche por una lujuriosa crema de chocolate…  En sus propias palabras “I have come across some pretty ghastly versions of Banoffi in my career. My pet hates are biscuit crumb bases and that horrible cream in aerosols.” En el uso de la nata en espray estoy totalmente de acuerdo con este señor, pues también me parece un sucedáneo insípido y aguado de lo que viene siendo una nata bien batida…

No dejaré de agradecerle a Mr Dowding que haya preferido difundir su receta en la red para luchar contra todo tipo de atrocidades que nos empeñamos en llevar a cabo el resto de mortales… pero mi versión difiere “un poquico” de la suya… Perdónme Mr Dowding…

Bien, dicho esto vamos con la explicación de este séptimo reto que para mí ha sido más reto que nunca, ya que detesto el plátano… esa textura con esos hilillos… el ruidillo que hace al ser mordido, la textura en boca… puag!!!! Pero eso sí, embadurnado en crema de chocolate y sepultado por una buena capa de nata (bien batida eso sí) resulta ser un exquisito manjar.

Para realizar mi versión de la Banoffee pie, necesitaremos:

Plátanos (qué remedio) unos cuatro o cinco (tampoco mucho más…) y que estén maduros.

Un rulo de galletas tipo digestive (en mi caso, de la marca Consum, me chiflan)

150 gr de mantequilla derretida (sin sal)

150 gr de chocolate de  cobertura

1 botecito de nata para la crema (200 ml)

3 botes de nata para cubrir la tarta

Decoración: almendras, chocolate blanco y negro a trocitos

Figuritas de azúcar moreno

Trituramos las galletas con el robot de cocina (en su defecto, meterlas en una bolsa y aporrear con un rodillo de amasar…) Derretimos la mantequilla en el microondas y mezclamos con el polvo de galletas. Amasamos.

Embadurnamos de mantequilla un molde desmontable. Lo forramos con papel de hornear y embadurnamos nuevamente el papel. Con esto se consigue que el papel de hornear no se pegue al molde, y que la tarta no se peque al papel. Vertemos la masa de galletas y repartimos por el fondo y a media altura con la ayuda de una cuchara (con el dorso vamos apretando y aplanando, así como rellenando los huecos que puedan aparecer) Introducimos en la nevera para que solidifique.

Ahora viene lo más “difícil”: pelar los plátanos, cortarlos en rodajitas y cubrir la base de nuestra tarta con ellos… Volvemos a meter en la nevera. Ponemos la nata a hervir en un cazo, y añadimos el chocolate en trozos. Con la ayuda de una varilla removemos bien para que no se pegue. Dejamos enfriar un poco y vertemos sobre nuestros plátanos. Una vez más metemos en la nevera.

Vamos ahora con la nata… En primer lugar agradecer a Mari Luz su truqui para que la nata no se baje, pues sin ella seguramente esta tarta no hubiera tenido tanto éxito. Este fantástico truco consiste en mezclar a partes iguales azúcar glas y maicena (pongamos 50 gramos de cada) y añadir una cucharadita por cada 200 ml de nata que vayamos a montar. De éste modo obtendremos una nata que seguro le quitaría el sentido incluso al Mr Dowding… Ni qué decir tiene que tanto la nata que vamos a montar, como el recipiente en el que vayamos a montarla tienen que estar muy fríos. Mi consejo es que introduzcáis el recipiente por lo menos 20 minutos en el congelador. Y la secuencia es la siguiente: vertemos los botes de nata en un recipiente, añadimos las tres cucharaditas de nuestro estabilizante casero, empezamos a batir. Incorporamos azúcar a nuestro gusto, y seguimos batiendo hasta que la nata esté no dura, lo siguiente (pero con cuidado de no pasarte y hacer una mantequilla). El punto exacto lo sabrás cuando al levantar la batidora se queden picos, ése es el momento de parar.

Con la ayuda de una espátula cubrimos toda la tarta de nata, rebañamos el bote, la espátula, la batidora… no dejamos nada de nata. Si fuera necesario pedir ayuda al costillo… que seguro que no le importa realizar la tarea de limpieza😉 (o en su defecto a la mascota gatuna, fijaos bien en la foto…)

Introducimos en la nevera otra vez. En un cazo, ponemos a calentar azúcar moreno sin más (ni agua, ni zumo de limón ni na de na). En cuanto empiece a fundirse bajar un poco el fuego e incorporar un puñado de almendras picadas. Dar vueltas con una cucharita, y cuando esté todo fundido, volcarlo con ayuda de la cuchara sobre un siltpat o un papel de cocina embadurnado en aceite.  Hacemos figuritas y dejamos enfriar.

Y vamos con la decoración. En este caso he puesto almendritas picadas por el borde, y el centro lo he cubierto con los chocolates troceados. He rematado mi creación con unas peinetas de caramelo (aquí está el toffee). Si se deja reposar un día, la tarta está mucho más rica. Y a la hora de servir, un consejo: introducir el cuchillo que vayáis a utilizar en un vaso con agua caliente. Secarlo con un paño y proceder a cortar una porción. Para la siguiente porción repetís el ritual: introducimos el cuchillo en agua caliente, secamos  y partimos. De éste modo no se destrozará (o deconstruirá) vuestra banofee pie.

Espero que os haya gustado esta entrada, y que disfrutéis tanto como yo haciéndola. A continuación podréis leer la crítica gastronómica del costillo:

A mi me encanta el plátano…Qué mal suena eso!. Pero me encanta. Y, desgraciadamente, tomo poco porque no es la fruta más deseada en mi hogar. Cuando Cris ve uno, aunque sea de lejos, no podéis imaginar la cara que pone. Bueno, hay uno en particular al que no le hace muchos ascos pero, gracias a Dios, ese no se mastica. Volviendo a la dulce cocina, he de manifestar mi excelsa alegría cuando “el reto del mes” era un postre relacionado con el plátano. Aunque éste sea para Cris lo que para mi cualquier tipo de queso (algo despreciable), he de ensalzar su talante (como diría aquel) y su mino en la elaboración del susodicho postre.

Independientemente de los cambios en la receta original “recomendados” por el “costillo” (como son llamados los cónyuges (entre los cuales me encuentro) de tan singular y divertido grupo de forer@s de la cocina (no me gusta el dulce de leche, ponle vainilla, …etc…), he de admitir que me he llevado una gratísima sorpresa con el postre. Estaba, sencillamente, delicioso. Lo mejor de ello es que hasta a Cris le gustó, por lo que ya hemos conseguido que le guste otro tipo de plátano más prosaico y común. J.

Más que entretenerme en describir su preparación, sabor y textura, de esta receta considero más interesante el contexto de su degustación. Esta se dividió en dos jornadas, habida cuenta de la magnitud de la tarta. Una primera, sábado, en la que tuvimos el placer de invitar a mis padres (suegros de mi amada esposa) a comer a casa. Degustaron una deliciosa paletilla de cordero lechal, con un buen vino de alicante y, como colofón, mi querida tartita de plátano (disculpar que no utilice el nombre anglosajón, pero es un poco complicado para un lerdo idiomático como yo). Era la gran prueba inicial. Estuvo deliciosa y así lo hicieron saber mis papis. Todo ello regado de una paz, durante la comida, que nos trasladó al Olimpo de las familias felices.

Un día después, domingo, fiestas patronales en Petrer (Alicante) pueblo vecino y conurbado con Elda, fuimos a comer a casa de “La Mari” (hermana de Cris, me lo tengo que creer, porque os aseguro que, aún encantadora, se parecen como la noche y el día). El Olimpo de las familias felices del sábado se torno en el Ares de las leyendas griegas, donde el fuego no era precisamente lo que más quemaba.  La comida muy buena, un buen churrascado de carne, con patatas fritas, morcillas, chorizos, salchichas ummm, vamos, una ingente dosis de colesterol, del bueno que, desafortunadamente, estuvo bien regado por un sinfín de simples discusiones entre todos los miembros de la familia anfitriona. Y Cris y yo…comiendo. Llego el postre y, por arte de magia, se tranquilizaron. Será la magia de los postres de Cris. El plátano, y no el mío, volvió a arrasar. Hasta el niño que no come de nada se lo comió con gula. Hasta el aspirante a cachas que tampoco come nada y nunca regala un halago lo ensalzó. Vamos, un sueño, una segunda parte del Olimpo de las familias felices….

Hasta el próximo reto…

Nota de la “cocinera”: que conste que no he cambiado ni una coma del escrito original… pero este costillo se va a enterar de lo que vale un plátano jajajaajajaa

Podéis seguir “degustando” las demás propuestas de mis compis de desafíos haciendo clic AQUÍ.

Nos vemos en el próximo desafío, que ésta vez será salado…