abril 2011



La primera vez que probé esta ensaladilla fue en casa de Mari Carmen, tía de mi marido. Fue todo un descubrimiento, pero a la vez su sabor me trajo recuerdos de mi infancia… una mezcla entre lo nuevo y una extraña sensación de dejavú… He decidido llamarla Ensaladilla Oriolana, pues es típica de esas tierras. Veréis que difiere un poquito de la ensaladilla rusa de toda la vida, y su sabor no os dejará indiferente. Para realizar una exquisita y refrescante ensaladilla oriolana necesitaréis:

4 patatas medianas

1 tarro de  encurtidos picaditos (de venta en Carrefour. Si no lo encontráis, simplemente tendréis que picar unos pepinillos en vinagre, unas zanahorias en vinagre, unas alcaparras)

2 huevos bien duros

2 latas de atún en aceite de oliva

1 lata de pimiento morrón

1 lata de aceitunas rellenas de anchoas

1 hoja de lechuga picadita

Ajonesa casera

Ponemos a cocer las patatas en una olla con abundante agua con sal. Dejamos cocer por espacio de 40 minutos, y MUY IMPORTANTE, mientras sigan estando calientes les quitamos la piel y las chafamos con ayuda de un tenedor. Añadimos las dos latas de atún escurridas, tres o cuatro cucharadas soperas de encurtidos picaditos, la hoja de lechuga cortada en trocitos muy pequeños y la clara de los huevos cortada en trocitos pequeños.  Removemos  e incorporamos la ajonesa. Mezclamos todo muy bien, cubrimos con papel film e introducimos en la nevera toda la mañana, aunque lo ideal es hacerlo de un día para otro. Cuando vayamos a consumirla, sacamos de la nevera, colocamos en la bandeja o bol en donde vayamos a servirla, cubrimos con la yema de los huevos desmenuzada, las aceitunas y unas tiras de pimiento morrón.


Con la receta de hoy pretendo, más que participar, compartir esta receta tradicional de Murcia, y rendir así un homenaje a la autora del blog Cosicas dulces… y alguna salada, y a mi madre, una yeclana que me enseñó esta receta.

 

La receta de hoy es típica de la Semana Santa murciana, más concretamente de Yecla, tierra en donde están mis raíces. Antiguamente madres e hijas se reunían en este periodo del año y realizaban esta receta mientras compartían historias y anécdotas del campo. Hoy intento conservar esta tradición y cada año me reúno con mi madre para realizar las empanadas yeclanas y compartir así una tarde de anécdotas camperas que suenan a otro tiempo (tal vez porque sucedieron efectivamente en un tiempo y lugar que se me asemejan lejanos ya…). Historias de la postguerra, la hambruna, la lucha del campesino y del obrero… el trabajo duro, el esfuerzo y la emigración hacia tierras que ofrecieran mejores oportunidades para los nacidos entre el barro, y la miseria. Historias que tal vez nos recuerden que España fue tierra de emigrantes…

Seguramente os preguntaréis por el origen de dicho manjar. Según Salvador Santa (http://www.gruposietedias.com/noticia.asp?ref=10708), “El origen de la empanada yeclana hay que localizarlo en la España medieval, pero no en la cristiana, sino en la España árabe (Al-Andalus) y la España judía (Sefarad). En árabe las empanadas son conocidas como ‘al-Burek’, unas delicias de carne vacuna, patatas, huevo, pimiento, tomate y piñones envueltos en la masa y en forma cilíndrica. De ahí surge el origen de la empanada. Los judíos españoles, por su parte, adoptaron esta costumbre culinaria de sus correligionarios islámicos, y de hecho las empanadas, que ellos denominan como ‘borekas’, pueden consumirse hoy día en cualquier ciudad donde haya sefardíes, los descendientes de los judíos españoles medievales. La diferencia es que los judíos sustituyeron la carne vacuna por atún. Por su parte la población cristiana también adoptó esta receta y forma de ‘empanar’ como consecuencia de su contacto con sus vecinos árabes y judíos. De hecho, en casi todas las comunidades autónomas de España se pueden encontrar diversas variantes regionales de la empanada. Fueron los cristianos quienes, para simbolizar su superioridad sobre los árabes, les dieron forma de media luna. Posteriormente serían los conquistadores españoles los que llevaron la receta de la empanada a las colonias de América, por lo que hoy es corriente encontrar empanadas en Argentina, Chile, México, Colombia, Bolivia, etc.”

Para 24 empanadas necesitaréis:

MASA:
– 1 vaso de aceite
– 1 vaso de agua
– 1 vaso de vino blanco
– 700 gr de harina
– Una cucharada sopera de levadura
– Una cucharada sopera de pimentón
– Sal

RELLENO
– 1 kg de patatas panadera con clavo (los clavos se retiran)
– 4 huevos duros
– Piñones
– Atún (3 o 4 latas)
– Pimiento morrón (1 lata)
– Perejil (opcional)

Para la elaboración de la masa:
Tamizamos la harina junto con la levadura y el pimentón en un bol y damos forma de volcán. En el centro añadimos el vaso de aceite de oliva virgen, un vaso de agua, otro de vino blanco y la sal (una cucharada rasa). Amasamos hasta formar una bola que se desprenda de las manos. Para ello añadiremos harina o agua hasta conseguir la consistencia adecuada. Tapamos con un paño y dejamos reposar una media hora. Mientras tanto desmenuzamos los huevos duros y el atún, e incorporamos los piñones y los pimientos morrones cortados en tiras. Opcionalmente añadiremos perejil. Previamente habremos preparado las patatas panadera con clavo y/o una cucharadita de pimentón (fileteamos un kilo de patatas y freímos en abundante aceite de oliva como si fuéramos a hacer una tortilla. Añadimos de dos a cuatro clavos para que aporte el sabor característico de estas empanadas, probamos de sal y escurrimos).

Cuando la masa esté preparada, hacemos bolitas del tamaño de una pelota de golf, aplastamos y rellenamos con la patata y la farsa de atún, huevo, pimientos morrones y piñones. Sellamos las empanadas con ayuda de un tenedor y pintamos con un huevo batido. Introducimos en el horno a temperatura media (180ºC) hasta que estén doraditas.


Esta receta se la dedico a mis padres, quienes cultivaron la huerta murcianica en su juventud.  Cuenta mi padre que siendo pastor (además de hortelano), solía llevarse este rico manjar en una tartera y degustarlo a medio día, mientras pastaba las ovejas. Por aquel entonces, en los años que siguieron a la guerra civil, gran parte de la población sufrió miseria y pobreza. Con todos los recursos que tenían a mano realizaban platos exquisitos y muy nutritivos. Este es uno de ellos: tomates, pimientos y conejos solían “abundar” por aquellas tierras.

Para dos personas necesitaréis tan sólo estos ingredientes:

Medio conejo troceado

Un litro de tomate rallado (muchísimo mejor que de bote)

Un pimiento verde

Sal

Azúcar

Aunque la receta es muy sencilla, hay una serie de trucos que os ayudarán a conseguir un plato más logrado. Para empezar, en una olla ancha doramos los trozos de conejo en abundante aceite de oliva virgen (cuanto más calidad tenga, mejor sabor aportará). El truco para que no se os quede el conejo duro es dorarlo a fuego medio-fuerte, y retirarlo antes de que se haga por dentro (si partís un trocito, el centro tiene que estar crudo). En el mismo aceite rehogamos los pimientos (bajamos un poquito el fuego para que no se quemen), y cuando estén blanditos retiramos. En el mismo aceite en donde el conejo y el pimiento han soltado sus jugos, vertemos ahora el litro de tomate rallado. Cuanto más maduro esté el tomate, mucho más bueno el sabor. Mi consejo es que vayáis a la frutería de la esquina y compréis los tomates que estén a punto de echarse a perder, y bajo ningún concepto meterlos en la nevera: tienen que estar a temperatura ambiente y muy muy maduros. Añadimos una pizca de azúcar para matar el ardor, y probamos de sal. A fuego lento dejamos evaporar todo el agua sobrante. Removemos de vez en cuando para que no se pegue al fondo de la olla. Transcurridos unos 20 minutos (casi se habrá evaporado 1/3 del tomate incial) incorporamos el conejo y el pimiento. Dejamos reducir más el tomate y vamos removiendo. En este punto es cuando el conejo termina de cocerse por dentro con todo el jugo de tomate. Cuando la salsa de tomate esté espesa, apagamos el fuego y dejamos reposar.

El conejo frito con tomate es un plato que se puede comer al momento, pero os consejo que lo comáis al día siguiente, y a poder ser frío y en el campo (o en la playa), con un buen pan crujiente y una copa de vino tinto (a poder ser, murcianico)…